Entrenamiento del talento: La regla de las 10.000 horas

La maestría, el grado máximo que alcanza una persona en una disciplina deportiva, artística, intelectual o de negocios, es la medida del logro a la que aspira la mayoría pero sólo unos pocos alcanzan. Constantemente asistimos al ejemplo de talentosos con éxito que, supuestamente, están allí para inspirarnos. Lo que nunca es obvio es si este cielo está reservado para una elite de dotados o si, con perseverancia y algo de suerte, puede abrirse a quienes no nacieron con el don divino.


Nuestra sociedad admira a los número uno del rendimiento, invistiéndolos de un brillo inalcanzable para el común de los mortales. Resulta cómodo justificar nuestra gris realidad pensando que sólo unos pocos afortunados son tocados por la varita mágica del talento innato.


Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que se trata de una idealización y que la explicación real del éxito no tiene tanto glamour.


Los fuera de serie


El su libro Outliers (los ‘fuera de serie’), Malcolm Gladwell relata diferentes casos, desde campeones juveniles de hockey canadiense hasta Bill Gates y Los Beatles, donde el talento es sólo un componente entre otros a la hora de determinar los factores de su éxito.


Una primera variable, la menos simpática por ser no controlable, es el entorno en que estas personas crecen. El de los jugadores de hockey está determinado por su fecha de nacimiento, ya que al tomarse como corte de categoría el 1° de Enero, quienes nacen en los primeros meses del año corren con ventaja madurativa respecto del resto. Este dato, que parece inverosímil, lo comprueban las estadísticas: el 40% de los jugadores de las ligas canadienses nació entre Enero y Marzo, otro 30% en los tres meses siguientes, un 20% entre Julio y Septiembre, y sólo un 10% en los últimos tres meses del año. Comparando a un chico de 10 años con otro de 10 años y 11 meses en una disciplina que exige una alta performance, coincidiremos en que a esa edad las diferencias físicas aún son relevantes. Solemos creer que se trata de talento lo que, en realidad, es una cuestión normativa del entorno.


Otro ejemplo que ofrece Gladwell es el de la lista de las setenta personas más ricas de la historia. De esta lista, que incluye faraones egipcios y reinas británicas, catorce son estadounidenses nacidos entre 1831 y 1840. ¿Se trata de un designio astrológico? Tal vez, pero también hay una explicación lógica: entre los años 1860 y 1870, cuando estas personas estaban en su madurez, la economía estadounidense experimentó su mayor transformación con la construcción de ferrocarriles, surgimiento de Wall Street y desarrollo industrial. Otra vez, el contexto juega un papel determinante en el destino de los exitosos.


Ahora, si bien el entorno es algo que uno no puede cambiar, también es cierto que uno puede cambiar de entorno y, con ello, su destino. Así lo demuestran casos como el de Lionel Messi, cuyos padres llevaron a España al no encontrar eco en Argentina al tratamiento hormonal que necesitaba el futuro crack para desarrollarse, o el del escritor José Saramago, que se mudó a la isla de Lanzarote cuando Portugal le censuró su escritura.


Una segunda variable es el talento en sí mismo. Posiblemente algunas personas tengan más suerte que otras, pero de todas las que nacen en un determinado momento y lugar, quienes despliegan mayores capacidades son las que sobresalen. Este talento es muchas veces espontáneo e inesperado y requiere de otros (padres, maestros) que lo capten y estimulen.


Finalmente, existe un tercer factor determinante: la regla de las 10000 horas. Ningún atleta, músico, genio científico u hombre de negocios ha llegado solamente por suerte y talento. Ni siquiera Mozart, el paradigma del niño prodigio que, contra lo que se supone, a los cinco años daba sólo pequeños conciertos y componía piezas sencillas ayudado por su padre, y recién en los últimos años de su corta vida compuso sus obras maestras.


La regla de las 10000 horas sostiene que hace falta lo equivalente a unas tres horas de práctica por día durante diez años para alcanzar el máximo rendimiento. Gladwell cita el caso de Bill Gates y de Los Beatles. El primero tuvo la exclusividad de contar con tiempo libre para programar una de las pocas computadoras existentes en 1971. La banda de Liverpool se inició en dudosos bares nocturnos de Hamburgo donde había que tocar ocho horas de corrido todas las noches para un público cambiante. Esto lo hicieron durante 270 noches antes de 1964, el año de su primer éxito.




La ‘práctica deliberada’


Antes de Gladwell, en 1973, los teóricos del deporte Simon & Chase estudiaron el juego de ajedrez y plantearon que ‘se requieren al menos diez años de práctica deliberada para alcanzar el nivel de deportista experto’. Esta regla fue confirmada luego por numerosos analistas de disciplinas diversas como natación (Kalinowski, 1985), carreras de larga distancia (Wallingford, 1975), fútbol (Helsen et al., 2000) o música (Ericsson et al., 1993).


Los psicólogos K.A.Ericsson, R.Krampe y C.Tesch-Römer definieron en 1993 el concepto de ‘practica deliberada’ como ‘el entrenamiento altamente estructurado con el deseo de progresar y mejorar, y no de pasarla bien o entretenerse’. Estudiaron metodológicamente a un grupo de 40 violistas de la Academia de Música y de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Con similares condiciones de inicio, algunos habían llegado a ser verdaderos genios mientras que otros no habían volado tan alto y habían debido conformarse con cargos docentes o burocráticos. Todos los violinistas coincidían en su placer por la música, todos eran talentosos, y no registraban diferencias significativas en cuanto a sus biografías. ¿Qué había causado la diferencia? Los registros eran inequívocos: la cantidad de horas de práctica. Mientras los primeros le habían dedicado 3,5 horas promedio por día, los últimos lo habían hecho 1,3 horas promedio.


Entrenamiento del talento


Entonces, no se trata de talento o entrenamiento, sino de entrenamiento del talento. Dijimos también que el entorno es una variable no controlable que influye intensamente y que, si bien no es fácil, es posible cambiar.

Por último, agregaremos dos variables también necesarias para alcanzar la cima de la performance:

  1. El feedback de un buen maestro o coach.

  2. La capacidad para soportar frustraciones y largas ‘mesetas temporales’.

En estas condiciones, el futuro experto irá incorporando ‘chunks’, fragmentos de información mental y corporal con los cuales se irá familiarizando a nivel inconsciente, al punto de poder desplegarlos sin pensar en el momento de la performance. Eso es, en definitiva, un maestro.

Entradas Recientes
Archivo